El Banco Central camina por el filo de la navaja

En los últimos años, la tasa de interés siempre fue objeto de debate entre políticos y economistas. Muchos fueron muy críticos del gobierno de Mauricio Macri por las fuertes subas de las tasas de interés que sucedieron durante su mandato y que alimentaron inversiones financieras con retornos muy altos. Se discutía sobre el efecto que los aumentos de tasa de interés podrían tener en el nivel de actividad.


Había un punto en esas críticas si tomamos los casos de las subas de tasa de interés en enero de 2016 y abril 2018. La primera, post instituirse las Lebacs como instrumento de política monetaria y, la segunda, en medio de la crisis financiera y cambiaria que provocó el desarme de Lebacs tras la entrada en vigor del Impuesto a la Renta Financiera, donde el BCRA elevó la tasa del 27,3% vigente en los inicios de ese año hasta el 60% en agosto.


Este año, la tasa de interés vuelve a estar en el eje de la discusión, sobre todo desde que Alberto Fernández y Martín Guzmán cerraron el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, donde hubo un compromiso de Argentina de mantener las tasas de interés reales lo más positivas – o los menos negativas- posibles.


Desde enero, el BCRA viene subiendo la tasa de interés a razón de una vez por mes, salvo por ese primer mes donde la subió dos veces. Inició 2022 en 38% y ya nos encontramos en 49%, tras la suba posterior a la difusión del índice de inflación de abril. Muchos interpretan que el BCRA debería subir más la tasa de interés dados los niveles de inflación, que se encuentran en más del 55% anual. Ahora bien, el BCRA se encuentra en encrucijada y en un juego donde tiene que ser muy cuidadoso con sus cartas.


Por un lado, subir la tasa de interés a niveles menos negativos resulta necesario en un contexto donde la FED acaba de realizar su suba de tasa más fuerte desde los años 2000 y el dólar se está apreciando en el mundo. La presión sobre el tipo de cambio se vuelve más fuerte y la autoridad monetaria ya no cuenta con mecanismos de intervenciones tan fuertes en los mercados financieros. Tener instrumentos en pesos con tasas reales positivas se vuelve clave para lograr contener la demanda del dólar (o revivir la poca demanda del peso).


Por otro lado, subir la tasa de interés genera por lo menos tres efectos negativos que vale la pena mencionar.


El primer factor tiene que ver con el nivel de actividad. Por supuesto que nadie espera que subir la tasa 200 puntos básicos desplome el nivel de crecimiento de la economía, pero una constante suba de la tasa de interés, acompañado por la suba del interés que cobran los bancos por los créditos para inversión, puede mermar o frenar distintos proyectos de la economía real por su alto costo financiero. Por ejemplo, en el caso del 2018, las fuertes subas de tasa de interés, entre otros factores, provocaron una fuerte caída en la industria manufacturera y la construcción.


Relacionado al punto del nivel de actividad encontramos el segundo efecto, conectado al endeudamiento de la clase media y su impacto en el consumo. En primer lugar, se incrementa las tasas de financiamiento de consumo en 6, 9, 12 y 18 cuotas; dato no menor teniendo en cuenta de que muchas familias adelantan consumo por los niveles elevados de inflación. En segundo lugar, el INDEC advirtió hace unas semanas que está creciendo muy fuerte el financiamiento del consumo del hogar con tarjeta de crédito.


Esta dinámica, combinada con la tasa de interés es bastante peligrosa. Si no se paga el total del resumen, se acumula con intereses bastante elevados -y en ascenso por la suba de la tasa- lo que a su vez provoca un incremento en el monto del pago mínimo que, de volverse muy elevado, disminuyendo el disponible para consumo o incluso ocasionando que se incurra en mora. Respecto a este último punto, según la última información del BCRA, en febrero creció de forma muy marcada la irregularidad de las familias en relación con los créditos, con aumentos significativos en las irregularidades en el segmento tarjetas de crédito en comparación con febrero 2021.


El tercer y último efecto, pero no por eso menos importante, tiene que ver con el nivel de pasivos del BCRA. Al cierre del 2021, el stock de pasivos totalizaba, entre Leliqs, Pases y Lebacs, 4.75 billones de pesos, un incremento del 76% respecto al cierre del 2022. En diciembre de 2021, la tasa estaba en 38% anual y los pasivos se incrementaron a una velocidad del 122% anual. En abril del 2022, con la tasa iniciando en 44.5% y terminando en 47% anual, la velocidad de crecimiento de los pasivos fue del 246% anual, cerrando el mes en 5.44 billones de pesos. En mayo, con la tasa iniciando en 47% y ahora elevada al 49%, los pasivos se incrementarían, si el BCRA no absorbe de más ni de menos, a una velocidad del 435% anual, creciendo su stock 15% en el mes, contra el 10% de abril.


Aquí radica uno de los grandes problemas para el BCRA, incrementar la tasa de interés, aumenta la velocidad en la que crecen sus pasivos. A su vez, cuando se incrementan los pasivos, al BCRA le cuesta cada vez más renovarlo, lo que provoca que en algún momento deberá empezar a pagar más para poder hacerlo. Sumado a esto, si el Tesoro sigue gastando por arriba de sus posibilidades y requiriendo asistencia de la imprenta que tiene como autoridad monetaria, se deberá absorber más pesos del mercado, incrementando más el stock de pasivos.


El esquema monetario de Argentina se encuentra en la cuerda floja. Un cambio en la demanda de dinero puede disparar una corrida contra el peso. El Banco Central y su titular, Pesce, caminan sobre el filo de la navaja. La política económica y monetaria son en este momento una habitación llena de dinamita y explosivos. Esperemos que la política, con su crisis de egos y poder, no encienda la mecha.


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