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La hora de Milei: cómo consolidar un cambio de época o morir en el intento

Carla ALEGRE MAGLIOCCO

Investigadora del Centro de Estudios Económicos Argentina XXI (CEEAXXI), licenciada en Ciencias Políticas (UCA) y Magíster en Derecho y Economía (UBA)


Ganó Milei. Sí, ganó las PASO, no sabemos si ganará en octubre, pero ganó el discurso, el debate y la agenda pública. Desde el 13 de agosto el único nombre que hay en los medios es el suyo. Pero pasan dos cosas paradójicas en su análisis: la primera, es que ningunean al elector considerando que “no lo votan a Javier, sino que están enojados” y que “hay que entenderlos, pobres, todo sale caro, y sí”; y la segunda es que, al mismo tiempo que supuestamente sienten lástima por estos “no electores” de Javier, llaman fascistas a los votantes, irresponsables, poco empáticos y demás descalificaciones.

El miedo se siente en cada segundo que hay un ensobrado (los que algunos llaman “periodistas”) al aire.


Y dentro de ese ninguneo hay un bombardeo constante contra el candidato elegido por el voto popular, ese que “se ganó con la lucha de los 40 años de democracia”: no hay un sólo día donde no haya notas sobre los perros de Milei, el pelo, la novia, la hermana o el cierre del CONICET. Están convencidos que eso asustará al votante enojado que se inclinará por otras opciones que no vayan a quitarle sus “derechos” (¿qué será el derecho para un padre de familia al que no le alcanza para comprar pañales a su bebé, no?)


Lo que no se dan cuenta es que, gracias a este ataque constante, Milei puede ser el próximo presidente, y hasta en primera vuelta (o casi). La historia se repite quizás. Me refiero a lo que hicieron los medios de comunicación durante el ascenso de los últimos tres líderes de la derecha;


DONALD TRUMP, JAIR BOLSONARO y BORIS JOHNSON (con algunas dudas sobre si este último era verdaderamente una opción de derecha).


Durante meses los grandes medios se dedicaban a pegarles cada vez que podían.

Los medios, los “actores”, o cualquiera con un micrófono, pudo decir abiertamente que estos tres presidentes (sí, Boris fue Primer Ministro, pero permítanme la salvedad) eran nazis, fascistas, ultras, un peligro para la democracia y básicamente la encarnación de todos los males. Y gracias a eso, gracias a una clase gobernante progresista incapaz de suponer que crearon una dictadura de lo políticamente correcto, los tres llegaron hasta la cúspide del poder.


Nadie lo vio venir. Ni las encuestas más a su favor los daban victoriosos. La famosa espiral del silencio parece cobrar vida de nuevo: la gente no dice abiertamente que los va a votar, por miedo a lo que dirán. Y de repente ahí están, gobernando. Pero por supuesto, el establishment no se ha quedado de brazos cruzados, después de todo, la democracia, siguiendo a MAURICE DUVERGER, es de izquierda, y que la derecha llegue es sólo “el error”, la excepción a la regla.


Toda esta historia parece repetirse en Argentina, que por primera vez en el siglo parece que va a tener un presidente de derecha, gracias (y no

a pesar) del establishment mediático- gubernamental.


Pero, y si efectivamente llega ¿podrá establecer un cambio de época? Siguiendo los ejemplos de Trump, Bolsonaro y Boris Johnson, el auge de la derecha fue efímero y dio paso al regreso de una izquierda más fortalecida. Todo en línea con la lectura de Duverger: la democracia es de izquierda. En dicha tesis, la derecha no puede gobernar, o al menos no lo puede hacer en todas las esferas que sí lo hace la izquierda.

Un gobierno de Milei tendrá muchísimos frentes abiertos, y un electorado ansioso esperando desde el día uno que solucione todos los problemas, que haga lo que viene prometiendo, desde dolarizar hasta cerrar el INADI. Para entender un probable gobierno de la derecha en Argentina, hay que aprender de la historia reciente. Como primera medida, nunca hay que dar por muerto al peronismo. Aprendamos del macrismo, que lo único que hizo fue existir como contraposición al kirchnerismo y terminó dándole un nuevo aliento de vida a quienes hoy nos gobiernan.


Como segundo punto es necesario no aflojar. Milei puede moderarse, pactar y ser prudente a la hora de gobernar, pero bajo ninguna circunstancia debe traicionar a su electorado, un pecado mortal que sus votantes no estarán dispuestos a tolerar. Es decir, el “no están dadas las condiciones políticas para tal cambio” no vale más, si no hubieran votado a Juntos por el Cambio. La Libertad Avanza debe comprender lo siguiente: el 30% que lo eligió es pura y genuinamente un voto anti-Estado.


La última cuestión es una pregunta crucial que definirá la política que viene: ¿Milei es un giro a la derecha transitorio? ¿Un paréntesis de hartazgo contra lo políticamente correcto, tal como sucedió en Brasil, Estados Unidos o Inglaterra? ¿O es verdaderamente un cambio de época, un proceso de consolidación liberal-conservadora al mejor estilo de Hungría o Polonia?


La respuesta se alumbrará con el tiempo, pero mientras tanto vale la pena tener en cuenta la historia reciente de la derecha internacional. El eje pendular de la hora de Milei debe ser la búsqueda de la ratificación de un cambio de paradigma en Argentina, y eso no se logra sólo con un buen gobierno, ya que como la democracia es de izquierda una administración de derecha está obligada a ser el triple de exitosa. Tiene que ir por todo (CFK dixit). No solamente eliminar el “Ministerio de mujeres”. Hay que cambiar incluso, hasta la forma de razonar del argentino común.


Tal desafío requiere coraje, consistencia macroeconómica y por sobre todas las cosas habilidades políticas que sepan construir cuadros competitivos para una traslación de poder, ¿o acaso piensan que si Milei logra todo lo que propone va a salir ileso de condenas a prisión, exilios forzosos o acusaciones de fraude? Dicho en otros términos: engendrar herederos aptos para consolidar el camino hacia un país que venza al progresismo, es el mayor desafío político para las derechas del siglo XXI. Es eso, o morir en el intento.


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